domingo, 30 de noviembre de 2014

El arte y la Revolución Industrial

Con la caída de Napoleón y la consolidación de la Restauración, como veremos en el siguiente tema, el Romanticismo se convierte en bandera de las jóvenes generaciones que aspiran a encarnar los principios revolucionarios soterrados en 1814.

El artista lucha por emanciparse de las directrices academicistas neoclásicas y este nuevo estilo artístico se convierte en un grito de libertad, individualismo, entusiasmo, exaltación del pueblo, evasión, sentimientos frente a racionalismo, gusto por el exotismo y los temas históricos...

Las revoluciones políticas y los desastres naturales definen la postura de los pintores, pero hay excepciones. A los románticos ingleses, a diferencia de los franceses, no les interesa el tema político, tal vez por el marco de libertad al que les tenía habituados el parlamentarismo inglés y al carácter insular del país, que les mantenía en cierta medida alejados de lo que en el resto del continente sucedía.

Los ingleses eran más paisajistas, una cercanía por la naturaleza y una sensibilidad que tuvieron en John Constable y en J.W. Turner a dos de sus máximos exponentes.

El cuadro de arriba es Lluvia, vapor y velocidad, de Turner, óleo sobre tela realizado en 1844. No podemos olvidar el contexto en el que nos encontramos, plena revolución industrial en el país que le vio nacer. Turner admiraba el progreso y la tecnología, por eso elige el tren más moderno hasta la época sobre el puente ferroviario de Maidenhead, inaugurado en 1839 que en su momento supuso todo un desafío (el puente cruza el Támesis por una anchura de 90 metros con tan solo 2 vanos de 39 metros y un gálibo de 7 metros). 

Pero el tren y los puentes son solo una excusa para representar la luz, el color y el movimiento, eso es lo que interesa al pintor, siendo, tal vez sin saberlo, un precursor del impresionismo y para otros críticos, incluso de estilos posteriores.

La pincelada suelta y el predominio del color hacen que las formas sólidas del tren y los puentes queden difuminadas y mezcladas en la atmósfera neblinosa del cuadro. La lluvia, la niebla y el vapor de la locomotora crean un ambiente casi irreal ayudado de la intensa luz que impregna el cuadro y el paisaje. Los tonos más oscuros quedan para el puente y el tren, que se acercan hacia el espectador en una diagonal que se pierde en el punto de fuga de la perspectiva.

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La nueva arquitectura en el siglo XIX

A lo largo del siglo XIX, dos líneas de acción definirán el quehacer edilicio: la arquitectura-arte y la arquitectura-ingeniería.

Para el hombre de la calle, arte y técnica no son conciliables, sin embargo para los arquitectos esta dicotomía no va a ser tan marcada y con frecuencia arquitectos como Viollet-Le-Duc, van a investigar en las posibilidades de los nuevos materiales y otros constructores-ingenieros como Eiffel van a preocuparse por las posibilidades puramente estéticas de la ingeniería.

Hay condiciones que influyen en la trama de la arquitectura de este tiempo:

a) El Romanticismo, grito de rebeldía contra el siglo de la Razón y de las Academias. A la Gran Europa de Napoleón se opone la lucha por la independencia y la búsqueda de la identidad.
b) La aventura colonial traerá a Europa la cultura exótica de las colonias. Palacios, cafés e invernaderos adquirirán aires indios, árabes e incluso chinos.
c) Las nuevas necesidades que conlleva el ferrocarril, las nuevas industrias y la potenciación del saber y la cultura hacen necesarias obras como puentes, estaciones, museos y bibliotecas. Nacen así las exposiciones universales.
d) Nuevos materiales como el hierro, el vidrio o el cemento cobran importancia en la arquitectura, tanto en su función constructiva como decorativa.

La Biblioteca Nacional de París (1858-68), proyectada por H. Labrouste, fue un ejemplo del compromiso entre arte e ingeniería, en el que un sutil sentido ornamental queda supeditado a las estructuras metálicas, totalmente funcionales. Labrouste fue pionero en el uso de las estructuras de hierro y consigue aquí un admirado espacio diáfano con bóvedas que casi se sostienen en el aire. 


Poco después, EIFFEL, en 1889, levanta 300 metros de altura (más 24 metros de la antena), para una torre criticada por la mayoría de sus contemporáneos que acabó siendo admitida como elemento insustituible en el paisaje urbano parisino.


La torre fue diseñada para la Exposición Universal de 1889, en París, año del centenario de la Revolución Francesa. París era, una vez más, el "centro del mundo". Su construcción no se llevó sin polémica (hasta con huelga de trabajadores incluida), pero fue acabada a tiempo y fue todo un éxito durante la Exposición. Por primera vez se utiliza la electricidad de forma generalizada en este monumento, lo que hizo las delicias de un público maravillado. 

La torre se mantiene después de la Exposición, pero con dificultades, dada la disminución de visitas y lo caro de su mantenimiento. Lo cierto es que, al margen de mirador inigualable de la capital parisina, el potencial científico y técnico de la torre ha servido y sirve como algo más que símbolo para la ciudad: estación de observación meteorológica y antena de telecomunicaciones francesa a lo largo del siglo XX que captó varios mensajes decisivos en la Primera Guerra Mundial, como el que frustró el ataque alemán en el Marne. 
Hasta 1930 fue el edificio más alto del mundo, cuando fue superado por el edificio Chrysler, en Nueva York.